Crónicas desde Cracovia (8)


El que os escribe y algunos de los que nos leéis, hemos compartido durante varios años nuestra vida de fe con los queridos hermanos Andrej y Marisa. Ahora esa unión, esa hermandad, ese mismo espíritu lo comparten también nuestros hijos gracias a la extraordinaria acogida de nuestro grupo en Liubliana y a las vivencias que allí han compartido.

Dios bendiga a nuestros hermanos eslovenos.

Al llegar a Eslovenia, pudimos gustar de nuevo del amor de Dios al ver que hermanos a los que no conocíamos, a los que no habíamos visto en la vida, con otra cultura, con otras costumbres y con otra lengua, nos recibían con una gran sonrisa, con la cara henchida de la felicidad de aquel que vuelve a encontrarse con su hermano después de mucho tiempo. Esa misma sonrisa con la que nos hemos sentido tantas veces queridos por Dios al recibirnos tras pasar un tiempo quizás perdido en el que no sabes ni donde reclinar la cabeza.

Antes de nuestra llegada, en el autobus, se nos había dado el nombre de las personas que nos acogerían a nuestra llegada a Liubliana. Ya en la capital eslovena, conocimos a nuestros anfitriones realizando entonces las presentaciones oportunas para poder distribuirnos.

Cuando llegamos a las casas, el recibimiento y la acogida fue aún mucho mayor. Nos trataron como verdaderos reyes poniendo en práctica aquello que escuchamos en el evangelio: “Quien acoge a uno de estos pequeños, a mi me acoge” Comimos pues, nos duchamos y descasamos, aunque por poco tiempo, en una confortable cama.

Salimos después a visitar la bonita ciudad de Liubliana, Subimos al castillo que desde la altura de una colina domina toda la ciudad. A pesar de que estaba prevista lluvia, nuestro Padre nos permitió hacer la visita sin que la lluvia fuese mayor problema enseñándonos en el cielo un fabuloso arco iris, recuerdo para todos de la alianza que Dios hace con nosotros. Terminamos la jornada dando gracias por tantas maravillas en el rezo de vísperas.

Tras el rezo de laudes, emprendimos viaje hasta una cercana montaña normalmente lugar para la práctica del esquí y que hoy rezumaba verdor para nosotros. La empinada subida la hicimos en el telesilla y la bajada supuso una magnífica diversión ya que se realizaba en un monorail que a gran velocidad nos dejaba en la orilla de un imponente lago.

Llegó el momento de dar gracia a Dios de nuevo, pero esta vez en público. Fue una experiencia maravillosa anunciar a Jesucristo en las calles y plazas. Contamos con la ayuda y traducción de Miriam, la hija de Andrej y Marisa, los hermanos que vivieron en Alicante y caminaron en nuestra parroquia no hace mucho tiempo. Me llamó mucho la atención el ver como la gente se acercaba y se interesaba  por lo que decíamos, pero me llamó más si cabe la atención el ver a varios musulmanes escucharnos con respeto. Pude sentirme en comunión con ellos, sentirme llamado a amarlos también a ellos, en definitiva, pude ver en ellos también a Jesucristo.

Termino esta crónica hablando de la eucaristía que pudimos celebrar en la catedral de Liubliana junto a nuestros hermanos eslovenos. Imposible hablar de diferencias cuando nos une un mismo amor, un mismo espíritu. Imposible no ver el amor de Dios en este día.

 

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