Moniciones a las lecturas (1a parte)


farnesTexto extraído de “Pastoral de la Eucaristía” de Pedro Farnés Scherer profesor de la Facultad de Teología de Cataluña y del Instituto Superior de Teología de Barcelona, director del Instituto de Teología Espiritual y asesor en liturgia del equipo responsable internacional del camino neocatecumenal

________________________________________________________________

Si es verdad que las moniciones litúrgicas estuvieron ya en uso en las antiguas liturgias, no es menos cierto que en la antigüedad estas moniciones se polarizaron sobre todo en torno a las oraciones. Con referencia a las moniciones para las lecturas bíblicas, en cambio, nada o casi nada encontramos en la antigüedad.

Ambientar la proclamación de la Palabra con una monición es, pues, una verdadera novedad de nuestro tiempo. El origen de este nuevo género de monición hay que buscarlo en los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico (bastante antes, por tanto, de la moderna reforma litúrgica); el motivo que dio nacimiento a estos nuevos formularios fue el deseo de encontrar un paliativo ante las lecturas proclamadas en una lengua incomprensible para la asamblea. Al “crear” por tanto estas nuevas moniciones, se perseguía el mismo fin que indujo ya a restaurar las antiguas moniciones para las plegarias: con unas y otras se intentó ayudar al pueblo a una participación más inteligente en la liturgia. Pero, a pesar de que la finalidad fue común, la raíz histórica de ambos tipos de formularios era distinta: las moniciones para antes de las plegarias era una restauración; las moniciones previas a las lecturas era, en cambio una verdadera creación nueva.

Subrayar este origen diverso puede parecer una simple nota de erudición historia; pero en realidad tiene su importancia práctica en vistas a proyectar mejor las moniciones para nuestra liturgia. Porque, si en el ámbito de las moniciones para las plegarias cabe el recurso a los antiguos usos, en el ámbito de las moniciones a las lecturas, por el contrario, no cabe ni el recurso a la historia litúrgica (en la antigüedad no existieron tales moniciones para las lecturas), ni a los primeros tiempos del Movimiento Litúrgico (las moniciones de aquellos años se proyectaron como ayuda de emergencia ante unas lecturas proclamadas en latín)

Las moniciones para las lecturas antes y después de la reforma litúrgica.

Al presentar de una manera general las moniciones litúrgicas aludimos ya a la distinta naturaleza que deben tener unas moniciones proyectadas para la celebración en latín y las preparadas ahora para la celebración en lengua del pueblo. Las primeras tenían como finalidad ofrecer un resumen de lo que luego el ministro –celebrante o lector- diría en aquel latín que el pueblo no comprendía; las actuales, en cambio, deben perseguir el logro de una mayor vivencia personal de las lecturas que hoy, por lo menos en su tenor material, el pueblo ya comprende por su sola proclamación.

Esta distinción resulta más fundamental aún cuando se trata de moniciones para antes de las lecturas que en el caso de las oraciones. Las lecturas, en efecto, por su propia naturaleza, hablan a la mente, exponen determinados conceptos, “revelan” un contenido; en cierta manera las lecturas están llamadas a “adoctrinar” (cosa que, de por sí, no hacen las plegarias); por ello resulta de suma importancia evitar en el binomio “monición-lectura” toda repetición de conceptos.

Cuando la Palabra se proclamaba en latín podía resultar interesante una presentación-resumen del mensaje de la perícopa en la lengua del pueblo. Pero ahora que el pueblo entiende el tenor de las lecturas, este resumen previo es inútil e incluso puede representar una fastidiosa repetición que, en lugar de “servir” a una mayor vivencia de la Palabra, en el fondo desvirtúe el interés por su proclamación, pues al proclamar la lectura la asamblea conoce ya previamente el contenido de lo que la perícopa va a anunciar.

Si, pues, la asamblea, por una parte entiende ya el texto bíblico y, por otra, las aplicaciones del mismo a la propia vida reencuentran su lugar propio tradicional en la homilía, la monición no debe ser ni explicativa de la lectura que va a seguir (este contenido lo presentará la misma lectura) ni aplicación moralizante del texto a la propia vida (este aspecto en todo caso es propio de la homilía) Las eventuales moniciones deben, por tanto seguir otros derroteros, que ayuden simplemente a vivir, a contemplar y a gozar con mayor intensidad – no a exponer – lo que anunciará el texto inspirado.

Esta entrada fue publicada en C. NEOCATECUMENAL, PEDRO FARNÉS SCHERER y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s