La comunión en la mano (3ª parte)


Catequesis del gesto de recibir la Eucaristía

El gesto de recibir la Eucaristía —tanto si esta se recibe en la mano como si se recibe en la boca- puede ser un signo significativo y respetuoso o, por el contrario, quedar limitado a una acción banal o al menos sólo funcional y falta de toda significación.

Es importante, pues, que en los lugares en los que se introduzca la comunión en la mano, se aproveche esta circunstancia para una oportuna catequesis que, a partir del rito de recibir la Eucaristía, descubra a los fieles el significado de la misma: alargar la mano para recibir el don sagrado debe ser signo de que creemos que la eucaristía es don gratuito; tomarla con gestos de veneración es una manera concreta de expresar la fe, el respeto y la adoración que exigen de nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quizá la preparación a la primera Comunión de los niños sea uno de los momentos más oportunos para inculcar, a través de un rito expresivo, las mejores disposiciones con las que se debe recibir el don sagrado.

En muchos lugares la práctica de comulgar en la mano es ya habitual desde hace tiempo. Ahora bien, es preciso confesar que la manera como se ha realizado habitualmente la puesta en marcha de la comunión en la mano no ha resultado muchas veces excesivamente educativa de la fe. No pocos de los que se han opuesto a la introducción de la comunión en la mano hubieran dejado de tener argumentos contra esta práctica, de por sí más normal que la de comulgar en la boca, si este nuevo gesto se hubiera realizado un poco mejor.

Con frecuencia, sobre todo cuando se trataba de niños, éstos tomaban —casi me atrevería a decir “arrebataban”- el pan eucarístico, sin ninguna muestra de respeto, como un objeto trivial, y lo iban comiendo mientras se dirigían nuevamente a su lugar. Esta manera de proceder no es ciertamente expresiva ni de la adoración, ni del respeto, ni de la fe de la iglesia que ve en la Eucaristía el mismo Cuerpo del Señor. Este poco respeto no hay que atribuirlo ciertamente al hecho de tomar el pan eucarístico con la mano -no es más santa
la lengua que la mano, ni menos frecuentes los pecados cometidos con la lengua que los que se realizan con las manos- sino a la poca catequesis con que se ha presentado el gesto ritual de recibir la Eucaristía.

Una interesante catequesis antigua sobre la manera de comulgar

Nos parece especialmente sugestivo reproducir aquí un fragmento de la catequesis mistagógica dada por S. Cirilo de Jerusalén (386) a los recién bautizados que, junto con el Bautismo, recibían también su primera comunión. Se trata de uno de los textos más antiguos que hacen referencia a la manera de comulgar de los fieles.

Cuando te acerques a recibir el Cuerpo del Señor, no te acerques con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha donde se sentará el Rey. Con la cavidad de la mano recibe el Cuerpo de Cristo y responde Amén. Recibe el Cuerpo Santo con todo cuidado de no perder ninguna partícula. Porque si algo perdieres sería como si tus propios miembros fueran truncados. Porque dime: Si alguno te diese unas limaduras de oro, ¿no las guardarías con toda diligencia, procurando no perder nada de ellas? ¿No procurarás, pues, con mucha más diligencia, que no se te caiga ninguna migaja de lo que es más precioso que el oro y las piedras preciosas? Luego, después de haber comulgado del Cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de su Sangre, no extendiendo ya las manos, sino inclinándote y en actitud de adoración y veneración diciendo “Amén” al recibir la Sangre de Cristo. Después, mientras aguardas la recitación de la oración conclusiva, da gracias a Dios, que te ha hecho digno de tan grandes misterios.

Como se ve por este texto, comulgar en la mano no significaba para los antiguos cristianos menos respeto que comulgar en la boca. Lo importante es educar a los fieles y hacer los ritos litúrgicos de tal forma que expresen realmente la fe de la Iglesia.

La comunión en la mano puede resultar muy recomendable
cuando facilita la comunión en el cálíz

El gesto de comulgar en la mano —lo hemos dicho ya repetidamente— no es de por sí un rito más expresivo que el comulgar en la boca; es simplemente un gesto más natural. Pero, en cambio, comulgar en la mano puede ser motivo de introducir o hacer habitual la Comunión, incluso diaria, en el cáliz. Y aquí sí que hay que decir que la cosa tiene mayor importancia, como la prueba el texto del misal que hemos citado (IGMR 240).

Para establecer, en las comunidades religiosas, la comunión diaria en el cáliz no es necesaria —algunos aún lo creen porque al principio así estaba dispuesto- ninguna autorización especial: todas las Comunidades religiosas pueden comulgar diariamente bajo las dos especies, pues así lo autoriza explícita mente el Misal Romano, sin exigir para ello condición alguna.

Ahora bien: con la posibilidad de la comunión en la mano la comunión del cáliz puede resultar más fácil y más significativa. Más fácil, porque ya no será necesario que todos los que forman la comunidad se vean obligados a comulgar de la misma manera; en efecto,
recibido el pan eucaristico en la mano, quien prefiera limitarse a mojarlo en la Sangre del Señor que le presenta un Segundo ministro —el acólito o una religiosa- porque beber el cáliz le repugna, podrá hacerlo de esta forma.

Más significativa, porque quien prefiera, por el contrario, beber el cáliz -gesto sin duda más pleno, pero que repugna a algunas personas- no estará obligado a limitarse al modo menos expresivo de la intinción sino que, prescindiendo de lo que otros hayan podido realizar, podrá beber directamente en la copa del Señor; es más: incluso si alguno quiere prescindir del cáliz, la comunidad no se verá obligada por este motivo a limitarse a la sola comunión del pan. Lo que sí hay que procurar es que también con referencia a la comunión del cáliz el rito resulte suficientemente “sacramental”, es decir “significativo”: el cáliz debe ofrecerse de tal forma que aparezca también como don ofrecido por Cristo a través de su ministro, aunque se trate de un ministro extraordinario. Hay que revalorizar la fórmula con que se da y se recibe la Sangre del Señor. Hay que procurar finalmente que incluso los elementos materiales en los que se pone el Cuerpo y la Sangre del Señor, sean aptos para significar el banquete abundante y espléndido del Reino: no una copa minúscula, casi insignificante, unida a un recipiente que apenas parece un plato, sino una copa visible, separada del plato o bandeja del pan sostenida por otro ministro. (en breve la 4ª y última parte)

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